Sobre la ortografía

En estos días, se está comentando por muchos blogs y páginas webs las nuevas normas ortográficas del castellano. Entre mis páginas favoritas, se encuentra elcastellano.org, página que sigo con gran interés y, en especial, a Ricardo Soca, que siempre me tienen al día en cuanto a las novedades del idioma se refiere. Recomiendo especialmente el boletín “la palabra del día”, que podemos recibir en nuestro correo electrónico y que acomete el análisis diario de una palabra: su historia, su etimología y sus curiosidades.

Reconozco que tengo pasión por la ortografía, no tanto como técnica sino como principio elemental de limpieza en la comunicación. No soporto el lenguaje “sms” ni el uso indiscriminado de “k” y abreviaturas. En ocasiones, recibo mensajes en el móvil que me cuesta mucho trabajo descifrar. Cuando era pequeño, recuerdo que no poner correctamente una tilde, costaba un punto en el examen, aunque fuera de matemáticas, y que la correcta ortografía era un objetivo esencial. Hoy en día, entre la relajación del sistema educativo y su estúpida ausencia de premio al esfuerzo, internet, la telefonía móvil y tantas y tantas cosas más, no existe un respeto adecuado a una cuestión tan importante como es la correcta escritura.

Sin embargo, además de para despotricar mientras espero que empiece la segunda parte del partido del Betis, este artículo lo escribo para recordar a mi abuelo Antonio, quien defendía una ortografía revolucionaria, fácil, simplificada, sencilla. Por ejemplo, decía que para qué queremos la “h”, una letra absurda, muda; ¿ Para qué queremos la “v”, la “z”, la “k” y la “q”, si con la “b”, la “s” y la “c” vamos servidos?; ¿y la “y griega”, ahora “ye” si tenemos la “ll” y la “i”?; ¿Y qué me dicen la “g” y la “j”?, una para el sonido “j” y otra para el sonido “g”. En resumidas cuentas, defendía un castellano de grafía fonética, que escribiéramos tal y como hablamos, pensando con esta teoría que sería mucho más sencillo para todos

Amante, como era, del Esperanto y uno de sus precursores en Sevilla, tenía esta clase de ideas y las defendía con determinación. Si ya me va a costar trabajo apearle la tilde a “sólo” cuando puedo sustituirlo por “solamente”, o eliminar el gentilicio de la “ye”, no imagino cuánto me costaría escribir a la manera que proponía mi abuelo. Que los ignorantes aprendan las normas y no adaptar las normas a la vagancia, que parece el camino más sencillo.

Es una pena cómo se trata al español en su cuna y cómo se le arrincona en las comunidades que hablan otra lengua, hasta el punto de perseguir su uso. En contrapunto, el mejor español que he escuchado hablar, ha sido en pueblos recónditos de la República Dominicana, o en Costa Rica, donde existe aún respeto y cariño por la lengua común de decenas de millones de personas, algo que me sorprende al mismo tiempo que me admira, leer “Alto” o “Pare” en las mismas señales que aquí llamamos y rotulamos “Stop”. Ojalá que la prioridad de las 22 academias del idioma, sea velar por mantener nuestra lengua viva y ejerzan presión sobre los gobiernos para que vuelva la cordura a la educación y se enseñe un uso correcto del lenguaje a las nuevas generaciones.

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