Otoño en Sevilla

Otoño en Sevilla

Ya es otoño en Sevilla. Cada época del año tiene sus estampas inconfundibles, que indican con precisión inequívoca qué periodo del calendario estamos atravesando. El otoño es mi estación favorita, aunque no sé muy bien por qué, pero supongo que me gusta salir a la calle a media tarde y que ya esté anocheciendo, sacar los chalecos del armario oliendo a Heno de Pravia, por esas pastillas de jabón que siempre dejo en los cajones, como mi abuela me enseñó a hacer. Supongo que adoro el frío, y más en este tiempo en que no es tan acusado como lo será en apenas tres meses.

Porque Sevilla, ciudad maravillosamente dual, también lo es en cuestión de clima; hace tanto calor en verano casi como frío en invierno. Es tan verde y fragante la primavera como gris y plomizo el otoño. Y una de las cuatro estaciones de la sevillanía, llega en el momento en que, sin esperarlo, cruzando cualquier calle o, como es el caso, te detienes ante un semáforo en rojo, descubres delante tuya una de esas estampas: el primer puesto de castañas asadas, con su chimenea emitiendo un humo tan blanco y denso como aromático, y con esa olla agujereada y cuarteada a fuerza del paso de años y años asando castañas para llevar en los bolsillos y sentir su calor reconfortante en las manos, para comerlas en un banco de la Plaza de la Magdalena mientras esperabas de chaval tu turno en la cola de la cabina de teléfonos, o para colarlas en el Patio San Eloy y tomar un vino dulce.

Ese es el cambio de estación en nuestra ciudad, cuando al doblar la esquina contemplas la estampa que te hace saber que, un año más, ha sucedido el milagro de lo inevitable: Es otoño en Sevilla.

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