
Casi de incógnito, con ciertas dosis de nocturnidad, sin ruido, discretamente…así se nos ha ido para siempre uno de esos símbolos de la Sevilla que uno recordará toda su vida: la de las bulliciosas calles del centro y la de los almacenes de telas.

Casi de incógnito, con ciertas dosis de nocturnidad, sin ruido, discretamente…así se nos ha ido para siempre uno de esos símbolos de la Sevilla que uno recordará toda su vida: la de las bulliciosas calles del centro y la de los almacenes de telas.

Ya es otoño en Sevilla. Cada época del año tiene sus estampas inconfundibles, que indican con precisión inequívoca qué periodo del calendario estamos atravesando. El otoño es mi estación favorita, aunque no sé muy bien por qué, pero supongo que me gusta salir a la calle a media tarde y que ya esté anocheciendo, sacar los chalecos del armario oliendo a Heno de Pravia, por esas pastillas de jabón que siempre dejo en los cajones, como mi abuela me enseñó a hacer. Supongo que adoro el frío, y más en este tiempo en que no es tan acusado como lo será en apenas tres meses.

No suelo ver la tele. Si acaso, además de los partidos del Betis, la Fórmula 1 y los Simpsons, alguna vez pongo Intereconomía, cosa que molesta mucho a algunos de mis amigos de Facebook, poco partidarios de la libertad de expresión y censores en potencia cuando se tratan temas que se han convertido en tabú o políticamente incorrectos.